En la Argentina, la crisis social tiene un rostro concreto: el de los niños. Según un informe de la Universidad Católica Argentina, seis de cada diez chicos viven en situación de pobreza y un dato aún más alarmante atraviesa la realidad cotidiana: el 30% no come regularmente.
Lejos de las estadísticas, la problemática se vuelve tangible en los barrios populares. Así lo describe el padre Lorenzo «Toto» de Vedia, párroco de la Parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé, ubicada en la Villa 21-24 de Barracas, uno de los asentamientos más grandes de la Ciudad de Buenos Aires.
“El no comer de manera ordenada es parte de algo más grande: una vida cada vez más desorganizada”, explicó el sacerdote, al poner en contexto el fenómeno. La falta de trabajo, la pérdida del poder adquisitivo y el deterioro del tejido social impactan directamente en las familias, que muchas veces no logran garantizar lo básico: la alimentación de sus hijos.
La expresión “no comer regularmente” no es abstracta. En la práctica, significa chicos que llegan a la escuela sin desayunar, que no cenaron la noche anterior o que dependen de un plato de comida en espacios comunitarios para poder sostener su día. “Se nota en el rendimiento, en la atención, en todo”, advirtió.
En paralelo, la demanda en comedores y merenderos crece, mientras los recursos disminuyen. Según el padre Toto, en los últimos años se redujo la asistencia alimentaria y muchas organizaciones barriales debieron recortar o directamente cerrar sus espacios. “Todo eso impacta en los chicos, que quedan a la deriva. Y ahí aparecen otros riesgos: abandono escolar, consumo problemático”, señaló.
Frente a este escenario, la parroquia articula una red de contención basada en lo que denominan las “3C”: Capilla, Colegio y Club, como alternativa a un destino que describen con otras tres palabras: calle, cárcel o cementerio. A través de ocho comedores, apoyo escolar, actividades deportivas y culturales, buscan sostener a niños y jóvenes en un contexto cada vez más adverso.
El funcionamiento de estos espacios depende, en gran parte, de la solidaridad. “Hay una ayuda mutua muy fuerte dentro del barrio, vecinos que incluso ceden su lugar para que otro coma”, relató. Sin embargo, también remarcó la necesidad de una respuesta más estructural por parte del Estado.
Quienes deseen colaborar pueden acercarse a la parroquia, ubicada en Osvaldo Cruz 3470, en Barracas, o contactar a través de sus canales comunitarios. Allí reciben desde alimentos hasta útiles escolares y productos de limpieza.
La entrevista deja una conclusión clara: detrás de los números hay una realidad urgente. El hambre infantil no es solo una estadística, sino una experiencia diaria que condiciona el presente y el futuro de miles de chicos en el país.
